la vieja y la niña IV
Después de aquello, la niña supuso que algo andaba mal. Ella, Samaya, estaba empezando a agotarse y su hijo seguía sin poder salir. Samaya seguía sollozando y la niña se sentía cada vez peor. Empezaba a sentir que todo se nublaba y un mareo cada vez más consistente en su cabeza. La vieja la tumbó y comenzó una salmodia rítmica con una voz grave, mientras daba vueltas su mano en el sentido contrario a las agujas del reloj, sobre la tripa de la mujer luego paraba y le decía suavemente a Samaya que le dijera a su hijo que volviera su cabeza, que se diera la vuelta. La niña seguía mareada, sobre todo cuando la mujer se contraía y ahogaba un gemido. La letanía de la vieja continuó, como una monotóna canción y su mano se paseaba despacio sobre la tripa de Samaya. De pronto aulló y la niña observó impresionada como aquel bulto de carne que dentro contenía un niño se contorsionaba, se deformaba de una manera extraordinaria y daba la sensación de que iba a romper la delicada carne de aquella mujer en cualquier momento. La inminente sacudida del niño en su nido la dejó átonita y la impresión fue tal que se desmayó, justo después de mirar entre las piernas de Samaya y ver como se abría su carne por la presión de una cabeza que acaba de encajarse en su lugar.

1 se salpicaron:
Será alguien grande ese niño...
besos
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