domingo 26 de julio de 2009

personajes

ROSALÍA ALEVILLA EPISTOLAR


Tenía en una caja aquellas cartas marchitas, cada día en su ir y venir le recordaban lejanamente, la pasión prohibida de sus encuentros, los magnolios que acogían sus caricias y su pelo de niña alborotado. El coronel era viejo entoces y ella una niña de once años. Aquellos recuerdos estaban difusos y perdidos, como los juegos de cocinitas o los paseos en carruaje con su abuelo.

Quisieron casarlos, pero él dijo que no atraparía a una mariposa, esas fueron sus palabras antes de irse del pueblo. Después las cartas llegaban de tanto en tanto, a su casa primero: debajo de una piedra, en el alfeizar de la ventanta, dentro de la cesta... en el convento después: detrás de la almohada, dentro de su hábito, sobre el pozo de piedra... de nuevo en su casa: en las botas de su marido, en la cuna de su hijo, en el bolsillo de un delantal...

"Para una mariposa", decían todas las cartas. Él le hablaba de la vida, de la muerte y de su amor de viejo por las mariposas frágiles, que desde entonces coleccionaba. Ella lloraba cada carta y después seguía con su vida, teniendo un recuerdo vago de los magnolios de su patio y lo que presenciaron entonces; cuando el coronel iba a visitar a su madre viuda, con fines matrimoniales, pensaban todos.

Aquellas cartas de amor, fueron el rumor de la brisa de su triste vida y mantuvieron en ella la ilusión de otra existencia, de las dulces palabras, del amor no logrado y la fantasía de ser una mariposa, bella y frágil a la que un caballero amoroso rescataría el día menos pensado. Cuando pasaron diez meses sin recibir ninguna supo que él había muerto, ya debía rondar los ochenta años, ella tenía treinta y seis, después de esa certeza nunca volvió a ser la misma.

viernes 24 de julio de 2009

sobre
los versos
marchitos,
al descubierto,
el filo
destructivo
la máscara
perdida.


sobre
el músculo
desnudo
del alma
quebrada,
se abren
arcoiris,
metáforas
escuálidas
de puertas
que son humo.

avance,
carga
de utopía
irrealizada,
búsqueda:
triste
encuentro
de juramentos
pesados,
del tesón
cotidiano,
de la muralla
y la fosa


sobrecoge
la realidad
al sueño
y lo deja
dormido,
sin alma
ni aliento.




lunes 20 de julio de 2009

personajes

MAR LASALINA

Las olas eran su pelo, ondulándose y encrespándose con el viento. Ella pensaba que estaba llena de arena y que se había secado, por que a veces se le escapaba el alma por los poros, igual que la diminuta arena se escurre entre los dedos. Otras, los peces le hacían cosquillas en el interior, justo debajo de las costillas, titilaban como mariposas cuando algo la emocionaba. Con pleamar, disfrutaba tanto de ser mar, de estar llena de sí misma que el regocijo le hacía recoger conchas y piedras en sus orillas o buscar en los recuerdos su propio retrato para verse ahora más infinita y llena de cetáceos como experiencias enormes. Otras veces, la inmensidad la asustaba como a una cría de delfín sola en medio del océano. Ese era su vivir.

Pero un día quiso abandonar las mareas, las olas y el rito sagrado del amor encontrado, ella deseaba perder ese vaivén, ese ritmo eterno, deseaba liberarse de ser el sustento de tantas criaturas; caracolas, peces, algas y serpientes marinas, de que sus orillas siempre estuvieran llenas de despojos, de que aquel barco de madera al que tanto amaba, la necesitase para flotar pero no pudiera diluirse en su azul profundo, por que siempre estaba a merced de los vientos y tempestades que en ella se desataban. Esperaba que algún día el barco se transformara en cielo y así entrelazados formar un horizonte. Pero cada cosa tiene su alma y desear transformarlas es una osadía llena de oscuridad, como aquellas profundidades abisales que tanto la asustaban.

Primero se sintió libre y voló como un espejo en la imaginación, después confirmó que el velero, varado ahora en la arena, estaría allí para siempre formando una imagen perfecta de un recuerdo imborrable y después lloró todos los mares, sobre la tierra firme: marejadas y tsunamis, remolinos y huracanes. Desbordada por tanto amor que sentía como olas gigantescas y perdió la partida, volviendo a la calma que anuncia nuevas tormentas. Llena de alegría por haber amado y de tristeza por aquel maravilloso barco de madera que la mira desde la orilla. Ahora sólo puede acariciarlo de lejos, con el agua salada de sus lágrimas marinas.

Hay un camino
invisible
que me conduce
inexorable
hasta el torbellino
de tus palabras.

Ando despacio
y con miedo
para no encontrarme
detrás de ellas
con el hombre
que las dice
-aunque
tiemblen
mis mariposas-.

viernes 10 de julio de 2009

por que
los poemas de amor
siempre son los más bellos
hoy llueve por dentro
-salino
constante
desbordado-
inundando
el diafragma
como
si un elefante
hubiera entrado
en la bañera

por que
los poemas de amor
siempre son los más bellos
tal vez
te echaré de menos
tal vez
sienta la nostalgia
-añeja
oblicua-
una escalera
de añoranza
que me dirija
hasta las esquinas
de tu espalda
lloran los pensamientos
y gimotea
un juglar plañidero
dicen adiós
las mariposas
maldiciendo entre risas
nuestro darnos tiempo
ellas
con las alas pintadas
tienen la certeza
del olvido
y el suspiro
de un segundo nuevo
dibujado en sus colores

tengo una pena
recién descubierta
por que
los poemas de amor
siempre son los más bellos





lunes 6 de julio de 2009

la palma

Una estela de promiscua prehistoria, de exuberante y húmedo verde, jalonada de negro volcánico, de lenguas frías de lava oscura. Una isla en dos mitades, trópico y crestas, bipolar y benévola, castigo de fuego fue, hoy vergel y paraiso, blanco de nubes a ras de suelo en las esquinas de las calderas, que se convierten en macetas de fértil tierra. Allí donde las esporas de helechos titánicos se reproducen impunes, sin miedo ni vergüenza. Laurisilva inspiradora que llueves perdón para los hombres, condescendencia, misericordia y clorofila.

Me invades tanto y tan bueno que me dejo, como dejaría a aquel que yo deseo acariciar sin querer mi espalda y mi pelo. Me invades tanto y tan bueno, que siento el precipicio entrando por los ojos, tal y como me gustaría sucumbir al vértigo inconsciente de dejarme seducir por el amante verde, dejarme arropar y mirar, que llenara mis oídos con la fórmula matemática perfecta que me condujera hasta sus brazos, igual que tu preñez me arropa, sin miedo ni vergüenza, y yo como contigo me dejaría ir.