personajes
ROSALÍA ALEVILLA EPISTOLAR
Tenía en una caja aquellas cartas marchitas, cada día en su ir y venir le recordaban lejanamente, la pasión prohibida de sus encuentros, los magnolios que acogían sus caricias y su pelo de niña alborotado. El coronel era viejo entoces y ella una niña de once años. Aquellos recuerdos estaban difusos y perdidos, como los juegos de cocinitas o los paseos en carruaje con su abuelo.
Quisieron casarlos, pero él dijo que no atraparía a una mariposa, esas fueron sus palabras antes de irse del pueblo. Después las cartas llegaban de tanto en tanto, a su casa primero: debajo de una piedra, en el alfeizar de la ventanta, dentro de la cesta... en el convento después: detrás de la almohada, dentro de su hábito, sobre el pozo de piedra... de nuevo en su casa: en las botas de su marido, en la cuna de su hijo, en el bolsillo de un delantal...
"Para una mariposa", decían todas las cartas. Él le hablaba de la vida, de la muerte y de su amor de viejo por las mariposas frágiles, que desde entonces coleccionaba. Ella lloraba cada carta y después seguía con su vida, teniendo un recuerdo vago de los magnolios de su patio y lo que presenciaron entonces; cuando el coronel iba a visitar a su madre viuda, con fines matrimoniales, pensaban todos.
Aquellas cartas de amor, fueron el rumor de la brisa de su triste vida y mantuvieron en ella la ilusión de otra existencia, de las dulces palabras, del amor no logrado y la fantasía de ser una mariposa, bella y frágil a la que un caballero amoroso rescataría el día menos pensado. Cuando pasaron diez meses sin recibir ninguna supo que él había muerto, ya debía rondar los ochenta años, ella tenía treinta y seis, después de esa certeza nunca volvió a ser la misma.
