Mar Benegas: POÉTICAS DEL CUERPO - MARGUERITE YOURCENAR (Fuegos)

domingo, 14 de abril de 2013

POÉTICAS DEL CUERPO - MARGUERITE YOURCENAR (Fuegos)





Fedra o la desesperación: 

Habita su cuerpo como si del mismo infierno se tratara. 





¿Te has dado cuenta de que aquellos a quienes fusilan se desploman, caen de rodillas? Con el cuerpo flojo, pese a las cuerdas, se doblan como si se desvanecieran una vez pasado todo. Hacen como yo. Adoran a su muerte. 

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Aquiles o la mentira:

Tránsfuga del campo de los machos, Aquiles venía a intentar aquí la suerte única de ser algo diferente de sí mismo. Para los esclavos, él pertenecía a la raza asexuada de los amos, el padre de Deidamía llevaba la aberración hasta amar en él a la virgen que no era. (...) Ignorante de las realidades del amor empezaba, en el lecho de Deidamía, su aprendizaje de luchas, estertores y subterfugios. (...) 





Un corazón es tal vez algo sucio. Pertenece a las tablas de anatomía y al mostrador del carnicero. Yo prefiero tu cuerpo.

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¿Adónde huir? Tú que llenas el mundo. No puedo huir más que en ti. 

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Un niño es un rehén. La vida nos tiene atrapados. 

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Patrolco o el destino:

La invención de los tanques abrió brechas enormes en aquellos cuerpos que ya no existían sino a la manera de parapetos; una tercera ola de asaltantes se abalanzó contra la muerte; aquellos jugadores que apostaban en cada jugada el máximo de su vida cayeron al fin como si se suicidaran, golpeados por la bola en la casilla roja del corazón. (...)

Luego aparecieron las Amazonas: una inundación de senos cubrió las colinas del río: el ejército se estremecía al oler aquellas sueltas melenas. Las mujeres representaban para Aquiles, desde siempre, la parte instintiva de la desgracia, aquella cuya forma él no había escogido y que tenía que soportar sin poder aceptarla. (...) 

No perdonaba a Briseida la humillación de haberla amado. Su espada se hundió en aquella jalea de color rosa. Cortó los nudos gordianos de vísceras, las mujeres aullaban y parían la muerte  por la brecha de sus heridas. (...)




No darse ya es seguir dándose. Es dar nuestro sacrificio.

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Tus manos abiertas, incapaces de dar y recibir ninguna alegría (...) Sobrevirían a tus actos, a los miserables cuerpos que han acariciado. (...) Beso, a la altura de la muñeca, esas manos indiferentes, acaricio la arteria azul, la columna de sangre que, antaño, incesante como el chorro de una fuente, surgirá del suelo de tu corazón. 

No tengo miedo de los espectros. Sólo son terribles los vivos, porque poseen un cuerpo. 

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Antígona o la elección:

Aquel muerto es la urna vacía donde echar, de una sola vez, todo el vino de un gran amor. Sus delgados brazos levantan trabajosamente el cuerpo que le disputan los buitres: lleva a su crucificado como quien lleva una cruz. 






Ardiendo con más fuegos... Animal cansado, un látigo de llamas me azota con fuerza las espaldas. He hallado el verdadero sentido de las metáforas de los poetas. Me despierto cada noche envuelta en el incendio de mi propia sangre. 

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El respeto debido a los ajusticiados acaba por ennoblecer el inmundo aparato del suplicio: no basta con amar a las criaturas; hay que adorar asimismo su miseria, su envilecimiento, su desdicha. 

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María Magdalena o la salvación:

Toda mujer que ama es una pobre inocente. (...) Yo representaba para él la peor de las culpas carnales, el pecado legítimo, aprobado por la costumbre, tanto más vil cuanto que está permitido revolcarse en él sin pudor. (..)

Cada golpe, cada beso, me modelaban un rostro, unos pechos, un cuerpo diferente del que mi amigo no había acariciado.  




He hecho de ti mi Virtud; acepto ver en ti al Dominio, al Poder. Me entrego a ese terrible avión propulsado por un corazón. Por las noches, en los tugurios adonde vamos juntos, tu cuerpo desnudo se parece a un Ángel encargado de velar por tu alma. 

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Dios mío, en vuestras manos entrego mi cuerpo. 

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Fedón o el vértigo:

Puesto que la carne es, después de todo, el más hermoso traje en que puede envolverse el alma. (...) Algunos cuerpos amados le habían enseñado lo Absoluto y también el Universo. 




El amor es un castigo. Somos castigados por no haber podido quedarnos solos. 

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Clitemnestra o el crimen:

Tengo ante mí innumerables órbitas de ojos; líneas circulares de manos puestas en las rodillas, de pies descalzos descansando en la piedra, de pupilas fijas de donde mana la mirada, de bocas cerradas donde el silencio madura un juicio. (...) 




Dejar de ser amada es convertirse en invisible. Tú ya no te das cuenta de que poseo un cuerpo. 

***

Safo o el suicidio

Parece el cadáver de una mujer asesinada. Sus ojos so como cuevas que se hunden para escapar de la luz del día, lejos de unos áridos párpados que ya ni sombra le proporcionan. (...) Llora su infancia, como si se tratara de una niña que hubiera muerto. Está muy flaca: cuando se baña, se da la vuelta para no ver sus senos tristes en el espejo. 

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Todos los fragmentos pertenecen a Fuegos, de Marguerite Yourcenar. Ella misma, en el prólogo, fechado de 1967, define los textos de su libro Fuegos ("espero que este libro no sea leído jamás") como textos poéticos. Pero es difícil definir ese arrebato, esa grieta que deja su lectura. Hablan del fuego, sí, del amor como una tragedia incontenible. Es en el incendio donde se esparcen, como pequeñas llamas se retuercen y queman, abrasan. Se trata de la filosofía y de la alquimia, de la purificación y la  destrucción, de la temperatura a la que el cuerpo arde y se transforma. Es el rito de la emoción y la carne, ese rito: doloroso y devastador, voraz y salvaje. 

Se acuñó, desprovista todavía de defensas, esa manida expresión, que por mal uso y exceso del mismo ha perdido su sentido, esa frase, que, para mí, define las letras que componen este libro: "amar  en cuerpo y alma", en cuerpo, alma y pensamiento, me atravería a añadir. Fuegos es, una reflexión arrebatada en torno a 9 personajes que aman, desde Fedra hasta Safo, sin amortiguación, sin posibilidad de huída ni defensa: a través del abismo. Mitos. Todos ellos encarnados, cuerpos que dan vida a lo intangible. Textos  que dibujan un recorrido, certero, por el cuerpo que ama, respira, evoca y se deja caer  en el duro trance del reconocimiento. No hablan ni boca ni mente, habla la carne del deseo, la piel resquebrajada, el sufrimiento, el único camino de re-conocimiento, habla el cuerpo mismo en el instante exacto de la explosión, en su epicentro.

El cuerpo no existe en la corrección, ni en la razón, ni responde a ninguna identidad normativa o social. El cuerpo que ama se disuelve en la propia claridad de saberse amador, sin género, ni estructura lógica que pueda contenerlo, enferma: "Habita su cuerpo como si del propio infierno se tratara". 



Imágenes: Martin Stranka (aquí