Mar Benegas: De los huesos de Évora y la escritura de La Huesera

viernes, 22 de agosto de 2014

De los huesos de Évora y la escritura de La Huesera



La Huesera nació con su propia forma: fue libro esqueleto desde el momento en que comenzó a escribirse. Creo que ahora, desde la distancia, puedo entender, o casi, aquel proceso, que ha emergido con claridad en un viaje a Portugal. 

El libro, La Huesera, comienza con una búsqueda, a la altura del cráneo, y así sigue, hasta llegar a los huesos de los pies. Cada hueso, o conjunto de huesos, tiene correspondencia con dos poemas: uno en prosa que indaga en esa búsqueda infinita, en el paralelismo entre el hueso en sí mismo y adonde me llevó reconocerlo. Ahí se establece un diálogo a tres voces, podrían haber sido cientos, pero fueron tres: La Huesera; que es la que custodia los huesos, la que los los busca y recoge cuando alguien decide iniciar el viaje; la segunda voz corresponde a una voz que narra ese viaje y la tercera a la voz propia. El otro poema que acompaña cada hallazgo, cada hueso desenterrado, es un caligrama. 

Y así se estableció el camino para el viaje, que sucede en paralelo al propio viaje del libro: el esqueleto como la vida: lo óseo y sumergido: lo escondido: lo que se teme como la muerte que representa: lo que queda siempre oculto. Todo sale a la luz como un inconsciente de calcio emergiendo, serán pequeñas islas luminosas.

Por eso, hace unos tres años, cuando la recomposición (todo acto de escritura recompone los añicos) de La Huesera me hirió, busqué huesos, busqué intentando; como un pez que boquea fuera del agua; vislumbrar lo invisible, tocar aquello que transforma la oscuridad en poesía.  Y, la necesidad de querer vislumbrar lo invisible, movió también el deseo de querer "escribir" los huesos: sobre ellos, desde ellos, a ellos mismos. Intenté que la propia escritura se convirtiera en la estructura ósea que sujetara las páginas de un libro todavía inexistente. 

Para transformar letras en huesos tuve que observarlos y empapaparme de su luz, me fascina el blanco que queda enterrado, primero bajo la piel, después bajo la tierra: pequeñas luciérnagas blancas que insisten, sin ser vistas, que, incluso en lo más oscuro siempre habrá algo de blancura, un poco de luz. 

Por eso busqué osarios y me empapé de sus historias. Hubiera dado cualquier cosa, en aquel momento, por poder acudir a uno de esos lugares sagrados, esos lugares donde lo blanco óseo es mostrado y casi sacralizado. Algo importante; además de una necesidad práctica y prosaica: la mayoría se construyeron por una cuestión de espacio, debido a que epidemias o guerras colapsaban los cementerios, o una razón que se imagina más macabra y siniestra; algo más importante, pensaba yo, debía esconderse en la necesidad de sacar los huesos a la vista. Y, así era, parece ser, al menos, en el osario de Évora que pude, finalmente, ver hace unos días:  

"NOS OSSOS QUE AQUI ESTAMOS PELOS VOSSOS ESPERAMOS"


Con esta inscripción nos recibe la "Capela dos ossos" en la ciudad de Évora, Portugal. Allí descubrí que la construcción de esta capilla, en sí misma, también fue un acto poético: los monjes de la iglesia de San Francisco que la construyeron lo lo hicieron para reflexionar sobre lo efímero de la vida y lo poco de perdurable que pueda tener. Un ejercicio en busca de la transcendencia, y, me imagino, para intentar superar o comprender el miedo a la muerte.
 
Entiendo también, como dice Clarissa Pinkola, que los huesos son la metáfora de las cosas indestructibles, esas que quedan enterradas en lo más profundo de nuestras almas, es necesario buscar, iniciar el viaje, desenterrar, conectar con aquello más salvaje para cambiar el rumbo, reconocerse en esos huesos, en la locura, en la obsesión, en la persistencia. Reconocer los huesos como astillas del espíritu.


Poder reconocer la muerte como algo nuestro, como parte de la propia vida. Y el hueso como aquello que perdura,lo único que quedará, y permanecerá, de nuestro cuerpo. Preocuparnos por bajar a lo más oscuro, por ensuciarnos las manos de tierra, por penetrar en la cueva del inconsciente. 

Intentar encontrar y cuidar, ver lo blanco, comprender a ese otro esqueleto intangible que sujeta, para bien o para mal, nuestro modo de estar en el mundo.