Mar Benegas: Diario de pasado imperfecto II

domingo, 3 de febrero de 2013

Diario de pasado imperfecto II

Es curioso como la memoria traza sus propios caminos. De qué manera se establecen algunas imágenes en ella, imperturbables, como huéspedes eternos, mientras otras, más esquivas, hay que buscarlas y, si se logra recuperarlas, vuelven borrosas, con los contornos difuminados, esas imágenes en las que se hace difícil saber si fueron o no fueron. 

Pero hay recuerdos que te llevan a otros recuerdos, como una espiral de tiempo que llama al tiempo, de fotografías antiguas que van pasando, una tras otra. 

Recuerdo, como grabada a fuego, la imagen de una rampa, una escalera sin peldaños, que bajaba un metro y medio de altura, haciendo dos ángulos. Era como un tobogán de hormigón, que permitía salvar un desnivel en la parte exterior de la casa de los vecinos de mis tíos, en la montaña, donde pasaba los veranos. 

No sé si se quedó por lo que tenía de curiosa aquella construcción, como un retal, pegado allí de manera un tanto surrealista, o si fue por las horas que jugamos en aquel lugar, o, tal vez, el día en que me caí sobre su cactus, una hermosa chumbera, clavándome en la rodilla un pincho que después se infectó.

La cuestión es que ahí está, perenne, esa rampa, las pequeñas columnas circulares de madera que la sujetaban al suelo, la barandilla, también de madera, la velocidad que alcanzábamos corriendo por ella y lo alta que me parecía entonces.

Otros recuerdos de aquellos momentos quedan a su lado: las avispas, las piscinas que se construyeron gracias a que mi padre encontró un pozo de agua en aquellas áridas montañas, donde todo era un secarral. Lo recuerdo con su rama de zahorí, paseando despacio hasta dar con él, con el pozo: -Aquí está. Como un milagro, y la rama temblando, y después el agua saliendo a borbotones.

Recuerdo vivamente las estrellas en las noches de verano, fue allí donde pude vislumbrar lo enorme que es el universo. Lo hermoso de que te cuenten historias mientras estás tumbada observando el esplendor de las estrellas. Mi tío era un gran narrador, las fabulosas historias que nos contaba y nos mantenían embelesados durante horas. Y las conservas de tomate y las risas de mi tía, y sus maravillosos guisos. No, no había televisión, pero no la echábamos de menos, teníamos la rampa y millones de estrellas.